Espido Freire Primerio Azorín 2017 Monóvar Alicante

Azorín resucita en su propio galardón

Hoy me gustaría hablarles de otro aniversario. Se acaba de celebrar el medio siglo de la muerte de José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, el 2 de marzo de 1967, en Madrid. Sé que muchos se estarán preguntando quién fue este buen señor. Les daré un par de pistas. Es uno de nuestros mejores novelistas de la generación del 98 y nació en Monóvar, Alicante, el 8 de junio de 1873. ¿Caen ahora? Es un placer para mí revelarle a quien no se acuerde que no es otro que el inigualable Azorín. Eso es lo que tenía de gratificante para un escritor en el pasado poder utilizar un seudónimo a la hora de firmar sus libros: conservaba su anonimato y podía de esa forma segregar su vida personal de la estrictamente laboral o profesional. Y digo en el pasado porque hoy, con toda la información de la que disponemos a un golpe de clic, es prácticamente imposible lograrlo.

El pasado 4 de marzo, como antigua galardonada que soy, formé parte un año más del jurado que otorgó el Premio Azorín que concede la Diputación de Alicante junto a la editorial Planeta. Como siempre, entre tanto bueno, fue sumamente difícil elegir a un solo ganador de las 117 obras que se presentaron este año. Al final lo conseguimos y descubrimos al abrir la plica que la galardonada, que como Azorín firmaba con seudónimo, era Espido Freire con su novela Llamadme Alejandra, una biografía histórica de lo más fresca y novedosa sobre la apasionante vida de la ultima zarina.

Al alzar la estatuilla del premio, una igual que la que tengo en mi biblioteca, reproducción de terracota de la diosa de los pebeteros quemadores de perfumes que tienen en el Museo Arqueológico de Alicante, me recordó mucho a cuando la conocí. Fue hace 18 años, cuando se convirtió en la escritora más joven en conseguir el premio Planeta. Sólo tenía un cuarto de siglo de edad. Ya entonces la novelista bilbaína me sorprendió por su perfecta elocuencia.

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El acto de entrega del premio fue soberbio. De nuevo lo más granado de la sociedad alicantina se dio cita en este encuentro. Sin duda, la Diputación este año dio el do de pecho en el auditorio de la institución en la capital, el ADDA. Se abrió el telón del gran teatro para dejar al descubierto a su orquesta sinfónica dirigida por Josep Vicent. En una fusión entre arte escénico, música coral y teatro se sucedieron las secuencias de esta colosal puesta en escena.

Disfruté de la voz, el ímpetu y la inigualable forma de actuar de Juan Echanove, que acabó exhausto después de hacer vibrar hasta los cimientos del teatro con su genuina manera de declamar un más que complicado fragmento de Hamlet. Tras Shakespeare, las palabras escritas por Azorín en Doña Inés también se materializaron en otro recital que dio paso a la entrega de la estatuilla a la galardonada. Como colofón, una grúa emergió de entre bambalinas con la cantante principal de un coro enorme que, silenciosamente y entre las sombras, inundó el escenario hasta llenar el último recoveco para sorprendernos repentinamente con sus voces al representar, en compañía de La Fura dels Baus, un fragmento de Carmina Burana.

La gala simbolizó, sin lugar a dudas, la importancia del teatro y su modernidad en la visión del autor alicantino que da nombre al premio, así como la admiración de Azorín por los grandes autores clásicos.

En definitiva, que la música, el canto y la interpretación danzaron aquella noche al unísono y cual satélites del que para mí es el astro rey de las artes, el de la literatura.

Almudena de Arteaga | Escritora

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